Cristina García y Patricia López, en primer término, en la reunión del pasado jueves en Afadiscop. / HOY.

Los familiares del Centro Ocupacional Proserpina de Mérida buscan voluntarios

La pandemia ha dejado a muchos jóvenes con diversidad funcional sin alternativas de ocio ni vida social

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADO Mérida

Veintiocho años cumple Afadiscop. Nació como apoyo al centro ocupacional Proseprina en 1994. Francisco Villalobos, uno de los fundadores, explica que los padres detectaron que los chicos necesitaban algo más, como actividades de ocio y vida social fuera de su formación en el centro. «Igual que cualquier joven que sale un sábado por la tarde o un domingo con sus amigos. No tenían nada». Y Afadiscop viene precisamente de eso. De Asociación de Familiares y amigos del Centro Ocupacional Proserpina.

Cine, fútbol, rutas senderistas, pintura o ajedrez. Consiguieron una agenda más o menos variada gracias, sobre todo, a un grupo de voluntarios. Pero la pandemia obligó a suspender toda la agenda social hace dos años. Y retomarla no está siendo fácil. Se ha perdido el contacto y el vínculo con muchos de los colaboradores.

La asociación de padres tiene un local cedido por el Ayuntamiento en el antiguo colegio Santo Ángel, en Lope de Vega. Allí programan talleres de pintura, preparan los disfraces de Carnaval o aprenden a jugar al ajedrez.

Según cuenta Cristina García, la presidenta actual, no trabajaban con un programa definido para todo el curso o por trimestres. Se reunían los chicos con los voluntarios. Unos proponían y otros veían las posibilidades. Si gustaba, pues repetían, y si no, pues se ofrecía otra alternativa.

«A veces, simplemente quedaban para tomarse algo en una terraza, como cualquier grupo de amigos». Iban, por ejemplo, al Capital Pool de Atarazanas para jugar a los dardos o al billar.

El antiguo Santo Ángel es el lugar de encuentro, pero después van moviéndose por toda la ciudad o incluso excursiones fuera.

Recuerda la presidenta que encontraron una fórmula enriquecedora de ocio y vida social inclusiva, en la que chicos con diversidad funcional y jóvenes de su edad se divertían y quedaban con frecuencia.

Hasta que llegó la pandemia, había una reunión siempre a primeros de mes y en una pizarra completaban un cronograma de las siguientes fines de semana. Hacían sus propuestas de senderismo, petanca y deporte y los voluntarios iban viendo los día que podían para ir con los chicos. Los padres ya sabían lo que había ese mes y sus hijos elegían.

Pero ahora ese método de trabajo es imposible. No hay gente para organizar una agenda mínima. Salen casi de un día para otro. «Lo peor de todo esto es que al final los chicos lo notan, ven que apenas tienen alternativas para salir». Y quieren revertir la situación. Sin medidas restrictivas ya por la crisis sanitaria y con una agenda social cada vez más abierta, en Afadiscop temen que los jóvenes y adolescentes con diversidad funcional de la ciudad no la recuperen. Por eso hacen un llamamiento para encontrar nuevos voluntarios o recuperar a los que tuvieron cuando estalló la alerta sanitaria.

El local del antiguo Santo Ángel siempre se pensó para trabajar la inclusión, que se trabaran amistades entre círculos muy distintos pero con mucho en común.

Conseguir, a través de guías y de adaptaciones, un plan de ocio para que pudieran llevar una vida parecida a la de cualquier joven de la ciudad. Que, como todos, también tuvieran expectativas los fines de semana.

Voluntaria

Patricia López es una de las voluntarias que no ha desconectado a pesar de la pandemia. Entró, recuerda, en 2009. En una asociación que entonces se llamaba Ágora. Que promocionaba el ocio inclusivo en la ciudad. Y hace un resume muy ilustrativo de su experiencia después de trece años: «Das tiempo y recibes vida». Ella es monitora de yoga y un lunes al mes queda con ellos para una sesión en el Economato. Los otros tres lunes hace talleres de arte. Reconoce que entró sin saber muy bien dónde lo hacía, pero que hoy tiene una familia. «Hemos construido una pandilla de amigos que queda habitualmente para verse y divertirse. Algo muy natural». Cree necesario normalizar el ocio entre la diversidad funcional, que no se vea como algo extraordinario o teledirigido por los familiares. Y desterrar de una vez la idea de que no se adaptan o no les gusta lo mismo que a los demás.