Hoy

Un matrimonio de Badajoz ayuda a Verónica a volver a la escuela

La joven podrá estudiar tras haber abandonado su formación para acarrear agua

Verónica Azucena es hija de un jornalero y tiene siete hermanos.
EN NICARAGUA
Hasta ese día, esta nicaragüense de 14 años sólo tenía un cometido en la vida: cargar agua sobre su cabeza. Lo hacía varias veces al día y contribuía de ese modo a la supervivencia de una familia formada por un humilde jornalero, su esposa y ocho hijos que apenas tienen lo suficiente para vivir.
Sin agua corriente en casa, el padre de Verónica Azucena decidió que había llegado el momento de sacarla del colegio. El trabajo en casa era mucho y hacía falta savia nueva.
Estaba decidido y no había marcha atrás. Pero un buen día, cuando Verónica Azucena iba a por agua, se cruzó con «el español que estaba en casa de la licenciada». Y ese español, por casualidades del destino, era Ricardo Cabezas, el pacense que junto a su esposa Manoli Martín viajó en abril al municipio nicaragüense de Santa Teresa para vivir una experiencia de voluntariado.
Unos meses antes habían contactado con el jesuita Arnaldo Zenteno y esa comunicación previa les condujo a un municipio situado al sur del país. Ricardo y Manoli se pagaron el viaje de su bolsillo y al llegar fueron acogidos por una familia que forma parte de la ONG nicaragüense 'Tierra y Vida'. «Nuestra primera semana coincidió con la Semana Santa y estuvimos de misioneros. Allí hay muy pocos sacerdotes y todas las celebraciones de la Palabra las llevaban las mujeres».
Con posterioridad fueron conociendo a las cerca de 30 familias que configuran la comunidad, cuyas viviendas distan unos 300 o 400 metros entre sí. «Aquella gente tiene lo necesario para vivir sin lujos. Muchas comunidades aún se abastecen de pozos y junto a los pozos están las letrinas, con el problema de filtraciones que eso supone», explica Ricardo Cabezas antes de aclarar que las casas de las familias humildes son de madera o cañas de bambú, con los tejados de paja. «Mucha gente tiene agua corriente, aunque igual sólo llega una vez a la semana. Hay electricidad pero el tendido telefónico no existe, por lo que suelen comunicarse con teléfono móvil».
Agua por estudios
En medio de esa realidad, Ricardo se cruzó un día con Verónica Azucena. Lo mismo ocurrió al día siguiente y al otro. «Un día cogí la bicicleta y me fui a ver a don David y le dije: A mí se me rompe el corazón viendo a esta chica acarrear el agua. Yo me comprometo a traer una tubería a su casa si la niña se matricula el próximo año en Secundaria».
Don David inclinó la cabeza, entornó los ojos, dedicó unos segundos a pensar y respondió lleno de gozo: «Hacía días que me hablaban del español que está con la licenciada, pero no esperaba esto. Se lo agradezco de corazón y no lo dude: comenzará Secundaria».
De regreso a Badajoz, Ricardo Cabezas y Manoli Martín expusieron el caso y rápidamente recibieron el apoyo económico de varias familias de la ciudad, fundamentalmente de la margen derecha del Guadiana. «La idea era llevar el agua a esa casa, pero ya hemos aprovechado para que el proyecto beneficie a otras cinco familias que viven en la zona».
Ese dinero cambiará el futuro de Verónica Azucena, pero este matrimonio de cooperantes no se conforma y está buscando fondos para un proyecto que pretende impermeabilizar con chapas los tejados de las casas más deterioradas. «Tampoco es mucho dinero y creemos que se cubrirá con el apoyo de la gente. La verdad es que todo el mundo se está volcando con esta realidad».


"Allí son felices con poco", dicen Ricardo y Manoli, pacenses voluntarios en Nicaragua

Ricardo Cabezas está feliz después de saber que Verónica Azucena podrá volver a estudiar, pero ese pequeño logro no le hace olvidar que lo verdaderamente importante de su experiencia ha sido «el convivir con personas humildes que viven con una enorme dignidad». De esa vivencia que esperan repetir en febrero hablarán a partir de la próxima semana en los centros de promoción de la mujer de Badajoz, en varias sedes vecinales y en centros educativos.
Con esas charlas intentan que su viaje no caiga en saco roto y que sus convecinos puedan ver a través de sus ojos una realidad donde «la gente es feliz a pesar de lo poco que tiene».
En el relato que preparan, Ricardo y Manoli no se olvidan del mal trago que pasaron cuando iban a regresar. Un coche ocupado por varios jóvenes chocó contra la camioneta en la que viajaban, Ricardo salió despedido y en la caída quedó maltrecho: cuatro costillas rotas, el pulmón encharcado y el cuero cabelludo levantado como la tapa de una lata de conservas. «La realidad hospitalaria de la zona me impresionó, pero mi seguro cubría esa contingencia y me atendieron en la capital. «Yo me salvé, pero la gente de allí no habría tenido esa suerte», lamenta.